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Presentación libro “La adopción. Una aproximación desde la Antropología del Parentesco”

En este nuevo libro, la antropóloga feminista Mónica Tarducci aborda, a partir del caso de Misiones, distintas modalidades de adopción (entrega directa, adopción internacional, etc.) que le permiten actualizar, desde una perspectiva antropológica y de género, los debates actuales respecto del parentesco. Fruto de una investigación llevada a cabo en la provincia de Misiones entre los años 2006 y 2009, el libro resume el trabajo etnográfico realizado para el cual la autora entrevistó a los diferentes actores de la problemática: las mujeres “que van a buscar un chico”, las madres que dan los suyos en adopción, los intermediarios, las y los funcionarios, etc. Se trata de un trabajo que viene a suplir una carencia en los estudios sobre parentesco en el país, donde el tema no suele ser abordado desde el punto de vista de la antropología sino, mayoritariamente, desde el derecho, el trabajo social y la psicología.

Presentó a las comentaristas la antropóloga Deborah Daich, y comentaron el libro la diputada María Elena Naddeo y la antropóloga Claudia Fonseca en la Librería de Mujeres.

Aquí la entrevista realizada a Mónica Tarducci por Página 12.

Permiso

Las mujeres siempre hemos tenido que pedir permiso: permiso para disfrutar de nuestra sexualidad, permiso para votar, permiso para disponer de nuestros bienes, permiso para tener hijos, permiso para no tenerlos… A veces un permiso formal, mediado por las burocracias administrativas, a veces pedidos informales pero con consecuencias concretas y definitorias en nuestras vidas.

Todavía muchos hombres y mujeres de nuestra sociedad creen en una posmodernidad igualitaria, cuya paridad es resultado de una serie de licencias que nos habrían sido otorgadas. Licencias, permisos, pensarán algunos; conquistas decimos nosotras.

La Cámara de Diputados de la Nación acaba de aprobar el proyecto de reincorporación de la figura de infanticidio en nuestro Código Penal por lo que resta, ahora, el debate en la Cámara Alta (donde, se dice, hay buenas chances de que sea aprobado). La figura de infanticidio en sí merece un debate pero si ella permitirá que no haya otra Romina Tejerina, entonces es una conquista.

Para otros, en cambio, es un permiso. “Permiso para matar,” así calificó la diputada Bullrich al proyecto del dictamen de mayoría. Nos resulta interesante tomar la afirmación de la diputada en términos puramente literales y ensayar, a partir de ella, una reflexión acerca de sus sospechadas e insospechadas derivaciones.

Supongamos entonces que se nos ha otorgado ese “permiso para matar”, dicho consentimiento no está dado para todas las mujeres. Primera derivación, en términos discursivos –al menos- (y así aparece en la discusión legislativa) las mujeres que cometen infanticidio, y a quienes se les concedería el permiso, aparecen o bien como mujeres que han estado bajo la influencia de un estado de perturbación psíquica, o bien en una situación de “desamparo moral y material”. Sin desconocer las terribles situaciones en las que muchas mujeres cursando embarazos no deseados se encuentran (y obviamente sin poder acceder a un aborto), lo que nos interesa resaltar es que discursivamente se justifica el rechazo a la maternidad en términos de locura o incapacidad (material/moral). Las mujeres somos construidas como natural y necesariamente madres y cuando un hecho como el infanticidio, que señala la desobediencia a ese mandato, irrumpe en la escena, distintos discursos –de locura, de incapacidad- se ofrecen para dotar al acto de sentido.

Debemos suponer entonces que ese “permiso para matar” se nos ha otorgado a las que, por razones ajenas a nuestra voluntad, hemos atentado contra nuestro “instinto maternal”. Si el sistema de sexo- género imperante impone la heterosexualidad obligatoria cuyo corolario para las mujeres es la maternidad compulsiva, sólo entendiendo que las mujeres han sido afectadas en su libre albedrío, se expía el acto del infanticidio y se justifica una responsabilidad minimizada. Segunda derivación, no es posible pensar que algunas mujeres, cualesquiera sean los motivos, no quieren ser madres. No es posible pensar el control de la reproducción en términos de libertades individuales (femeninas) y por fuera de una dimensión pública. Tanto así, que todavía no ha sido posible tener, en el ámbito legislativo, un debate serio acerca del aborto. Lo que es peor, no sólo no ha podido discutirse aun un proyecto de aborto gratuito, legal y seguro sino que, en franco retroceso, existen cada vez más trabas para la realización de los abortos no punibles- previstos en nuestro Código Penal desde 1921.

Recordamos amargamente la “guía técnica para la atención integral de los abortos no punibles” que adquirió carácter de resolución ministerial Nº 1184 el 12 de julio de este año (lo que facilitaría la no judicialización de los abortos no punibles) y en seguida lo perdió. En pocos días, el Ministerio de Salud desmintió lo que ya todas habíamos leído y celebrado, entorpeciendo y oscureciendo así, un derecho ya consagrado. Algunos quizás crean que los abortos no punibles son un “permiso” sujeto a revisión constante; para nosotras, una conquista.

Precisamos una ley de interrupción voluntaria de embarazo que garantice el acceso de todas las mujeres, que así lo quisieran, a un aborto legal y seguro. Precisamos un programa de salud sexual y procreación responsable capaz de llegar a todo el país, sin tener que lidiar en cada rincón con la resistencia eclesiástica. Pero sobre todo, y porque no queremos ni pedir ni que nos den permiso, precisamos reivindicar la competencia de las mujeres para decidir sobre sí mismas -y si fuera por todos, ¿qué?- en el ámbito de la reproducción.

Nosotras no queremos pedir permiso para decidir sobre nuestro propio cuerpo.