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Reforma del Código Civil: Adopción

http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/194929-59156-2012-05-26.html

OTRA VEZ SAP(O)

Nos preocupa la ligereza con la que diversos actores, en diversos contextos, asumen el llamado “síndrome de alienación parental”. Esta pseudo teoría ha sido ampliamente criticada tanto por su falta de validez y rigor científico como por sus sesgos discriminatorios y misóginos. Ha sido ampliamente denunciada, también, su utilización como coartada y justificación en los casos de abuso sexual infantil; donde la posible desestimación de denuncias de abuso entendiéndolas como fabulaciones producto del “lavado de cerebro” significarían una grave vulneración de los derechos de los niños y niñas.

Aun reconociendo la amplia diversidad de conflictividades que pueden tener lugar en el marco de una separación, sostener una teoría tal hace ruido y, por cierto, a nadie escapa las implicancias de género que conlleva. Creemos que la invocación de este pretendido síndrome señala peyorativamente a las mujeres, quienes mayoritariamente ejercen la tenencia de los hijos post separación, como las responsables de socavar cierto ideal de figura paterna y cierto ideal de familia- los cuales son continuamente repropuestos por teorías psicológicas e ideologías de derecha que asumen deterioros irreversibles en los niños y niñas criados por figuras exclusivamente maternas.

La invocación de esta pseudo teoría oscurece y niega la violencia de género –la que muchas veces explica una supuesta “obstaculización del vínculo”; tomada acríticamente atenta contra la credibilidad de las mujeres /madres en proceso de separación/ habilitando la persistencia de la violencia y la reproducción de la estructura jerárquica de género.

Permiso

Las mujeres siempre hemos tenido que pedir permiso: permiso para disfrutar de nuestra sexualidad, permiso para votar, permiso para disponer de nuestros bienes, permiso para tener hijos, permiso para no tenerlos… A veces un permiso formal, mediado por las burocracias administrativas, a veces pedidos informales pero con consecuencias concretas y definitorias en nuestras vidas.

Todavía muchos hombres y mujeres de nuestra sociedad creen en una posmodernidad igualitaria, cuya paridad es resultado de una serie de licencias que nos habrían sido otorgadas. Licencias, permisos, pensarán algunos; conquistas decimos nosotras.

La Cámara de Diputados de la Nación acaba de aprobar el proyecto de reincorporación de la figura de infanticidio en nuestro Código Penal por lo que resta, ahora, el debate en la Cámara Alta (donde, se dice, hay buenas chances de que sea aprobado). La figura de infanticidio en sí merece un debate pero si ella permitirá que no haya otra Romina Tejerina, entonces es una conquista.

Para otros, en cambio, es un permiso. “Permiso para matar,” así calificó la diputada Bullrich al proyecto del dictamen de mayoría. Nos resulta interesante tomar la afirmación de la diputada en términos puramente literales y ensayar, a partir de ella, una reflexión acerca de sus sospechadas e insospechadas derivaciones.

Supongamos entonces que se nos ha otorgado ese “permiso para matar”, dicho consentimiento no está dado para todas las mujeres. Primera derivación, en términos discursivos –al menos- (y así aparece en la discusión legislativa) las mujeres que cometen infanticidio, y a quienes se les concedería el permiso, aparecen o bien como mujeres que han estado bajo la influencia de un estado de perturbación psíquica, o bien en una situación de “desamparo moral y material”. Sin desconocer las terribles situaciones en las que muchas mujeres cursando embarazos no deseados se encuentran (y obviamente sin poder acceder a un aborto), lo que nos interesa resaltar es que discursivamente se justifica el rechazo a la maternidad en términos de locura o incapacidad (material/moral). Las mujeres somos construidas como natural y necesariamente madres y cuando un hecho como el infanticidio, que señala la desobediencia a ese mandato, irrumpe en la escena, distintos discursos –de locura, de incapacidad- se ofrecen para dotar al acto de sentido.

Debemos suponer entonces que ese “permiso para matar” se nos ha otorgado a las que, por razones ajenas a nuestra voluntad, hemos atentado contra nuestro “instinto maternal”. Si el sistema de sexo- género imperante impone la heterosexualidad obligatoria cuyo corolario para las mujeres es la maternidad compulsiva, sólo entendiendo que las mujeres han sido afectadas en su libre albedrío, se expía el acto del infanticidio y se justifica una responsabilidad minimizada. Segunda derivación, no es posible pensar que algunas mujeres, cualesquiera sean los motivos, no quieren ser madres. No es posible pensar el control de la reproducción en términos de libertades individuales (femeninas) y por fuera de una dimensión pública. Tanto así, que todavía no ha sido posible tener, en el ámbito legislativo, un debate serio acerca del aborto. Lo que es peor, no sólo no ha podido discutirse aun un proyecto de aborto gratuito, legal y seguro sino que, en franco retroceso, existen cada vez más trabas para la realización de los abortos no punibles- previstos en nuestro Código Penal desde 1921.

Recordamos amargamente la “guía técnica para la atención integral de los abortos no punibles” que adquirió carácter de resolución ministerial Nº 1184 el 12 de julio de este año (lo que facilitaría la no judicialización de los abortos no punibles) y en seguida lo perdió. En pocos días, el Ministerio de Salud desmintió lo que ya todas habíamos leído y celebrado, entorpeciendo y oscureciendo así, un derecho ya consagrado. Algunos quizás crean que los abortos no punibles son un “permiso” sujeto a revisión constante; para nosotras, una conquista.

Precisamos una ley de interrupción voluntaria de embarazo que garantice el acceso de todas las mujeres, que así lo quisieran, a un aborto legal y seguro. Precisamos un programa de salud sexual y procreación responsable capaz de llegar a todo el país, sin tener que lidiar en cada rincón con la resistencia eclesiástica. Pero sobre todo, y porque no queremos ni pedir ni que nos den permiso, precisamos reivindicar la competencia de las mujeres para decidir sobre sí mismas -y si fuera por todos, ¿qué?- en el ámbito de la reproducción.

Nosotras no queremos pedir permiso para decidir sobre nuestro propio cuerpo.